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La lluvia: Única promesa que se cumple en el campo olvidado

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Camino descalzo entre surcos agrietados mientras el cielo se oscurece. No es temor lo que veo en los ojos del productor del campo que observa las nubes aproximarse—es esperanza. Una esperanza que ningún político le ha dado jamás.

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Aquí, a kilómetros de Lima y sus decisiones de escritorio, la salvación no llega en discursos ni en promesas de campaña. La salvación cae del cielo en gotas gruesas que golpean la tierra seca con un sonido que parece un aplauso. El productor rural lo sabe: su vida no depende del gobierno, depende de la lluvia.

El agua que nadie prometió

Observo cómo el agua desciende por las colinas, serpentea entre los cerros y se absorbe en la tierra hambrienta. En segundos, el paisaje cambia. El polvo se convierte en lodo fértil. Las plantas que parecían muertas levantan sus hojas. El pasto—ese alimento vital para el ganado—comienza a brotar tímidamente, prometiendo forraje para los próximos días.

Un campesino de manos encallecidas se quita el sombrero y mira al cielo. No reza al congresista que nunca vino. No espera al funcionario del Minagri que nunca ha pisado estas tierras. Agradece a Dios, porque solo Él ha cumplido. Solo Él suelta la lluvia en su tiempo, y con ella, la posibilidad de seguir adelante.

«Hoy habrá futuro», me dice mientras señala los primeros brotes verdes. Sus palabras suenan a declaración y a ruego a la vez.

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La lluvia Única promesa que se cumple

La brecha que nadie mide

Las políticas de cosecha de agua que tanto se mencionan en conferencias limeñas aquí son un mito. Las irrigaciones prometidas nunca llegaron. Los tractores de campaña quedaron en fotos publicitarias. La inversión agraria se concentra en las grandes agroexportadoras de la costa, mientras aquí—donde realmente se necesita—las políticas estatales son prácticamente insignificantes.

Esta brecha no es nueva. Es histórica, estructural, deliberada quizás. Año tras año, gobierno tras gobierno, el productor del campo espera. Y año tras año aprende que la única certeza es la incertidumbre política y la fidelidad de las estaciones.

Los candidatos al congreso aparecen cada cierto tiempo con sus sonrisas ensayadas y sus promesas impresas en volantes. Hablan de desarrollo, de inclusión, de justicia social. Pero ninguno habla del campesino que cultiva con herramientas rudimentarias esperando la lluvia. Ninguno menciona a este sector olvidado porque aquí no hay votos suficientes, no hay corporaciones que financien campañas, no hay «plata» que justifique su atención.

La lluvia Única promesa que se cumple

El ciclo injusto

La lluvia finalmente llegó y con ella la alegría contenida del campo. El verdor empieza a pintar el paisaje y muchos productores salen de sus casas con renovada esperanza. Cultivarán, cosecharán algo—no mucho, pero algo. Lo llevarán al mercado donde los intermediarios, conociendo su desesperación, ofrecerán precios miserables por productos que costaron sudor, tiempo y fe.

Aun así, aceptarán. ¿Qué otra opción tienen? El Estado no regula estos abusos. No existe política que proteja al pequeño productor de la cadena extractiva que lo explota sistemáticamente. Los politicastros que gobiernan para las grandes empresas miran hacia otro lado, ocupados en calcular sus propios beneficios.

La lluvia Única promesa que se cumple

La resistencia que no se rinde en el altiplano de Puno

Lo más impactante no es el abandono estatal—eso ya lo sabíamos. Lo verdaderamente conmovedor es la resistencia. Ver a hombres y mujeres con las manos encallecidas por décadas de trabajo seguir cultivando sus tierras, seguir creyendo que algo puede mejorar, seguir sembrando no solo cultivos sino esperanza para sus hijos.

Mantienen la fe en que Dios no los olvidará, en que la lluvia volverá cada temporada, en que habrá algo—aunque sea poco—para llevar a casa. Esta resiliencia es un testimonio silencioso de dignidad que ningún funcionario público puede comprender desde su oficina climatizada.

La lluvia Única promesa que se cumple

Mientras regreso del campo con los zapatos embarrados y el corazón apretado, una pregunta me persigue: ¿Cuánto tiempo más puede sobrevivir esta esperanza sin apoyo real? ¿Cuántas generaciones más podrán sostener esta vida que depende exclusivamente de que el cielo se compadezca?

La respuesta debería preocuparnos a todos. Porque cuando la esperanza se agote—cuando ni siquiera la lluvia sea suficiente para compensar el abandono estructural—no habrá politicastro que pueda llenar el vacío que dejará un campo finalmente rendido.

Lea la nota original aquí o visita el medio Pachamama Radio

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