- En la comunidad de San José de Koribeni, en Cusco, las mujeres mantienen vivo el cultivo de la papa magona. Este tubérculo está ligado a su identidad, la alimentación familiar y los saberes transmitidos por sus abuelas y abuelos.
Escribe: Astrid Arellano – Mongabay Latam
Kashiri, la Luna, vio a la joven a través de la ventana. El astro descendió del cielo y la encontró comiendo tierra moldeada como un tubérculo. “Lo que tú estás comiendo es barro, no es yuca; yo te haré probar la yuca verdadera”, le dijo. Enamorado de ella, Kashiri le entregó la semilla sagrada y le enseñó a sembrar. Eso cuentan las abuelas y abuelos machiguenga.
Gabriela Loaiza Seri recuerda esta historia ancestral sobre el origen de los cultivos en su pueblo, San José de Koribeni, en Cusco, la comunidad machiguenga más grande de Perú. “La joven aprendió a sembrar la yuca, la papa magona, el shonaki y todos los tubérculos que hemos comido siempre”, cuenta. Desde entonces, estos cultivos quedaron bajo el cuidado de las mujeres.
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Sin embargo, ese conocimiento hoy enfrenta amenazas crecientes. La expansión de los monocultivos y la agricultura intensiva en la zona han puesto en riesgo de desaparecer a muchas de estas especies, explica Loaiza Seri. A ello se suma la introducción de nuevas variedades y cultivos foráneos que han reducido la diversidad de yucas que antes garantizaban alimento durante todo el año. También, la llegada de proyectos externos que han alejado a la comunidad de las chacras.

“Los jóvenes prefieren migrar a la ciudad para trabajar porque ya no ven las chacras como una opción sostenible; en ellas se queda sobre todo la población mayor”, señala.
Frente a este escenario, desde 2023 Loaiza Seri y un equipo de 14 mujeres trabajan en el rescate de 17 variedades tradicionales de yuca y 11 variedades de papa magona (Dioscorea spp.), también conocida como “sachapapa”, un tubérculo en riesgo de desaparecer. Juntas han consolidado su asociación, Mujeres Emprendedoras de Raíz Amazónica, con el objetivo de fortalecer sus ingresos y, al mismo tiempo, garantizar la seguridad alimentaria de su comunidad.
Además de recuperar la papa magona y las variedades tradicionales de yuca machiguenga, elaboran bocadillos y harinas tanto para el consumo local como para la venta. Este trabajo colectivo ya dio un paso clave: ahora cuentan con una pequeña planta de procesamiento.

Todo empezó con ocho mujeres y una pequeña parcela semillera. Allí trabajaron la tierra siguiendo las prácticas heredadas: “Aunque la yuca la siembran varones y mujeres, en el caso de la papa magona es solamente la mujer quien realiza la siembra”, explica Loaiza Seri, ingeniera en Agronomía Tropical egresada de la Universidad Nacional de San Antonio Abad del Cusco (UNSAAC). A sus 32 años también ha ejercido como jefa de la comunidad San José de Koribeni en dos ocasiones.
“Así nos lo contaron: en tiempos de Pairani —que significa ‘antes’, en la antigüedad— el sol alumbraba solo hasta las diez de la mañana. Ahí es cuando las mujeres tienen que sembrar. Si se hace más tarde o de otra forma, el producto se malogra”, relata.
El respeto que tiene a estos conocimientos también se basa en la experiencia: lo que ella y sus compañeras han hecho siguiendo las técnicas de sus abuelas ha funcionado.
“Yo estudié agronomía y tengo el conocimiento de la universidad, pero valoro bastante las técnicas ancestrales que tenemos a partir de las costumbres de nuestro pueblo”, afirma. “Para mí, se relaciona con el respeto que una tiene por su origen: creemos en lo que nos dicen, porque los pueblos originarios no mienten”.

Un tubérculo diverso y con sabor diferente
La papa magona es un tubérculo diverso y singular: en una misma planta puede variar de tamaño y forma, sin un patrón fijo, con una superficie ligeramente arrugada y, a veces, cubierta de pequeñas raicillas. Su pulpa maciza cambia de color —blanca, crema, amarilla o morada— y, al cocinarse, cada variedad revela un sabor particular. La blanca, por ejemplo, recuerda levemente a la papa andina; en cambio, para Loayza Seri, la papa magona morada no tiene comparación. Cada tubérculo pesa entre 100 y 400 gramos.
Aunque la planta germina desde la segunda semana y crece con rapidez, no florece sino hasta el sexto mes. Cuando sus hojas y tallos amarillean y se secan, anuncian el momento de la cosecha. Todo el ciclo se completa en un periodo de ocho a diez meses.
“Nuestras chacras están hechas de tierra negrita, con un olor muy, muy agradable”, describe Loaiza Seri. “La papa magona crece allí como una enredadera y se agarra de todo lo que encuentra: la papaya, el cacao, el maíz, el plátano, la yuca. Es una chacra bien diversa y ahí está la papa magona, enredándose con sus hojas bien grandes, como una mano”.

Loaiza Seri ha documentado todo el proceso —desde la investigación agraria hasta la recuperación de los conocimientos ancestrales, las formas de utilización y el valor nutricional— y lo ha reunido en una cartilla educativa destinada a su comunidad.
En el documento narra, por ejemplo, que la siembra comienza con la preparación cuidadosa del terreno: se quema el tabaco para ahuyentar a los malos espíritus y pedir permiso a los protectores. Luego, la tierra se excava hasta unos 30 centímetros de profundidad y se abren hoyos espaciados entre sí, que se rellenan en gran parte con abono para formar pequeños montículos. Allí se colocan uno o dos tubérculos semilla, que se cubren con tierra y acolchado para proteger la humedad y favorecer la brotación. Semanas después se realiza un deshierbe superficial, sin dañar las raíces, y conforme la planta crece, se le colocan tutores para asegurar su exposición a la luz.

“Es un proceso ecológico y sostenible, porque en la chacra no utilizamos agroquímicos ni equipos o máquinas”, agrega la ingeniera agrónoma. Ese enfoque ha cobrado aún más sentido frente al avance de los monocultivos, que —sostiene— están generando impactos visibles en la biodiversidad local.
“Han llegado proyectos por doquier, pero sin una pertinencia cultural. Incluso ha habido pérdida de biodiversidad: han llegado con el cacao CCN-51 [un híbrido de alto rendimiento] y, en el caso de las especies de panllevar —como llamamos a los cultivos anuales—, todo empezó a verse como comercio. Se dejó de sembrar la papa magona y otros tubérculos amazónicos que antes había, pero que ahora encontramos muy poco en algunas chacras alejadas”.
Ese es el eje del trabajo de Loaiza Seri y sus compañeras: generar conciencia para recuperar la diversidad cultural y biológica.
“Tenemos que darnos cuenta de lo que estamos consumiendo con los monocultivos. ¿Para qué comprar en la tienda una papa, si podemos tenerla de manera natural en nuestras chacras? Tenemos bastante terreno —siete hectáreas entre todas las socias—, pero los impactos han sido grandes”, dice la ingeniera.

Una planta de procesamiento para consolidar su marca
Gabriela Loaiza Seri ha recibido dos becas de la organización Conservación Internacional Perú —en 2021 para el rescate de conocimientos machiguenga y en 2023 para el rescate de los tubérculos—, que le han permitido acceder a financiamiento, mentorías, una red de acompañamiento y fondos adicionales para fortalecer su iniciativa.
“Ahora está trabajando en consolidar una marca para estos snacks y harinas hechas con estas papas nativas para generar ingresos, poner en valor y rescatar la biodiversidad de papas de su comunidad”, dice Daniela Amico, directora de comunicaciones en Conservación Internacional Perú. “Gabriela es muy inspiradora: creo que la conexión que tiene con su territorio y con su identidad es muy genuina. Eso ha hecho que muchas personas la admiren y que se haya convertido en un ejemplo”.

En la pequeña planta de procesamiento que las Mujeres Emprendedoras de Raíz Amazónica han logrado implementar —por ahora, en la casa de Loaiza Seri— cuentan con equipos para lavar, pelar, rebozar y freír los snacks. Para la elaboración de harinas, utilizan un deshidratador solar en el que los tubérculos permanecen durante cuatro días, antes de ser molidos y empacados bajo su propia marca: Kipatsi, que significa “tierra” en lengua matsigenka.
“Hemos participado en diversas ferias para mostrar cómo se puede utilizar este producto, porque su uso es muy diverso, y también hicimos un concurso de platos típicos, donde las participantes mostraron la diversidad gastronómica de la papa magona”, agrega Loaiza Seri.
Los tubérculos son conocidos tradicionalmente por su alto aporte energético. Desde que los machiguengas incorporaron el cultivo de la papa magona, la consumieron principalmente para obtener la energía necesaria para el trabajo en la chacra. Hoy se prepara de maneras muy similares a la papa común: cocida, en purés, sopas, mazamorras, asada o en guisos.
Frita se convierte en hojuelas crocantes de sabor intenso. A partir de ella también se elaboran derivados como harinas, tortas, helados, rodajas o papas fritas embolsadas, además de galletas y dulces, lo que amplía sus usos y reafirma su versatilidad en la cocina.

“Tenemos bastante producción: una hectárea de papa magona nos da hasta 5000 kilos. Por eso, para que sea sostenible, separamos una parte de nuestra producción para el consumo familiar y otra parte para la comercialización, con los snacks o chips de papa magona. Estamos haciendo pruebas y ha sido muy agradable”, sostiene Loaiza Seri.
Las mujeres tienen la gran responsabilidad cotidiana de cuidar a la familia, recuerda Loaiza Seri, y por eso está convencida de que el cambio empieza en casa. Cuando una mujer impulsa un proyecto o asume una visión de conservación, esa convicción se transmite a los hijos, a la pareja y, poco a poco, al entorno más cercano.
“Así va cambiando el pensamiento de una familia, que luego contagia a otra y a otra, hasta que crecemos y somos toda la comunidad. Por eso las mujeres somos importantes, por ese amor que tenemos a la tierra”, afirma. “Además, buscamos posicionarnos no solo como un emprendimiento de mujeres que rescata o conserva estas variedades de papa, sino que también fortalece su economía indígena como una forma de evitar la violencia económica”.

Para ella, la esperanza se sostiene en el trabajo entre generaciones. Su iniciativa reúne a mujeres, jóvenes y niños, al tiempo que reconoce y pone en el centro el saber de abuelos y abuelas, que orienta cada paso del proceso.
“Las mujeres siempre hemos estado en los procesos de conservación: somos las que caminamos de aquí para allá llevando nuestra semilla, ya sea pidiéndonos entre nosotras o sacando de nuestras huertas para compartir”.
* Informe publicado en alianza con Mongabay Latam. Pueden leer el informe original aquí.

