Escribe: Michelle Soto Méndez – Mongabay Latam
En su casa, mientras se preparaba para asistir a la primera jornada de voluntariado, José Pablo Murillo recibió un mensaje en su teléfono. Uno de sus compañeros ya había llegado a la bodega, ubicada en el cantón de Belén, a unos 8.8 kilómetros del aeropuerto internacional Juan Santamaría, que presta servicios a la ciudad de San José. Allí es donde se realizaría el voluntariado que lo esperaba y su compañero le enviaba fotografías de los cambutes (Strombus galeatus) sobre su mesa de trabajo.
Las imágenes de estos grandes caracoles marinos le evocaron un recuerdo de la infancia. Caminaba en la playa junto a su madre, mientras ella levantaba de la arena una concha grande y le decía: “Macho, si vos querés estar cerca del océano, levanta un cambute y ponételo en la oreja. Vas a escuchar el mar”.
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De repente, Murillo se percató de que habían pasado al menos 15 años desde la última vez que había visto una de esas conchas en la playa. Ya no es tan sencillo ver cambutes en su entorno natural y muchos ahora adornan peceras o se encuentran en alguna casa donde cumplen un mero propósito ornamental.
En ese momento entendió la importancia del voluntariado que le aguardaba y que tenía la misión de regresar a su hábitat miles de conchas similares a aquella que formaba parte de sus recuerdos. Lo único que necesitaba era su celular con una aplicación de inteligencia artificial (IA) debidamente descargada y lista para usarse.
“Hasta ese instante logré comprender el impacto real y generacional de la extracción masiva de conchas que el proyecto busca revertir”, dice Murillo. En 2024 y 2025 (años en que se realizaron las primeras jornadas de voluntariado), Murillo se desempeñaba como gerente de Connections Marketing en Florida Ice & Farm Company (FIFCO), una empresa costarricense de bebidas que fue adquirida por Heineken en 2026 y que forma parte de ‘De Vuelta a Casa’, el proyecto que busca identificar, clasificar y regresar toneladas de conchas marinas a sus ecosistemas. Esas conchas provienen de los decomisos que se realizan a los turistas en los aeropuertos internacionales Juan Santamaría y Daniel Oduber, puntos de control donde anualmente se incautan entre cinco y seis toneladas de conchas.
El proyecto nació como una respuesta científica y tecnológica para revertir el impacto de la extracción ilegal de conchas en los litorales costarricenses. A través de una alianza público-privada, se desarrolló un modelo de IA capaz de identificar en segundos el ecosistema de origen de cada pieza, facilitando una clasificación masiva que antes era humanamente imposible.
En esta labor ha sido fundamental el apoyo de más de 400 voluntarios, quienes —utilizando sus teléfonos celulares— han procesado toneladas de material decomisado para garantizar que cada fragmento de concha regrese de forma segura a su hábitat natural.

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Más que simples conchas
En Costa Rica, la extracción de conchas es ilegal, según la Ley de Conservación de la Vida Silvestre. Las sanciones pueden alcanzar multas de entre el 15 % y el 30 % de un salario base (que equivale a 1000 dólares), además del decomiso del material y posibles acciones penales por daño ambiental.
“La ley establece claramente que no se puede extraer ningún organismo vegetal o animal, ni sus subproductos. La concha se considera un subproducto del animal y, por lo tanto, llevársela implica infringir la ley”, explica Yolanda Camacho, bióloga de la Universidad de Costa Rica (UCR) y asesora científica del proyecto.
Entre los materiales decomisados en los aeropuertos, Camacho ha encontrado piezas empacadas con esmero e incluso etiquetadas con el nombre científico de la especie y la localidad exacta de donde fueron extraídas. Sospecha de los coleccionistas.
Sin embargo, la mayoría de las conchas provienen de colectas oportunistas. «La gente ve las conchas como un souvenir. Lo que quizá no entienden es que realmente cumplen diferentes funciones en el ecosistema”, asegura Camacho. Son utilizadas por múltiples especies como hogar, escondite y armadura ante depredadores. Algunas aves las utilizan para construir sus nidos y también funcionan como superficie de fijación (sustrato) para organismos como esponjas, algas, corales y pastos marinos, afirma la investigadora.
Las conchas están compuestas principalmente de carbonato de calcio que, al degradarse en el mar, ayuda a neutralizar la acidez del agua provocada por el cambio climático. Sin ellas, menciona Camacho, el océano se vuelve más ácido, lo que dificulta que otros organismos marinos formen sus propios esqueletos o caparazones. Además, el calcio reciclado es un nutriente esencial para el crecimiento de nuevas especies y el mantenimiento de playas saludables.

Rara vez un turista sabe cosas como que la presencia de conchas ayuda a estabilizar la arena, actuando como un escudo natural que protege contra el desgaste del oleaje y fenómenos climáticos extremos. Al extraerlas, las playas pierden su estabilidad estructural, volviéndose más vulnerables a la erosión costera, al aumento del nivel del mar y perdiendo la capacidad de formar arenas blancas.
Un factor crítico es que la naturaleza no puede crear nuevas conchas a la misma velocidad con la que los turistas las extraen. Esto genera un impacto que los científicos califican como “irreversible” para el patrimonio natural del país.
A esto se suma que devolverlas a su hábitat no es tarea sencilla. Primero hay que saber su origen, ya que los ecosistemas del Pacífico son distintos a los del Caribe. Camacho es enfática al afirmar que reintroducirlas en un lugar al que no pertenecen representa un riesgo y podría provocar un desbalance en el ecosistema.
Además, identificar miles de piezas es una tarea monumental que requiere biólogos altamente especializados. Según cálculos realizados por el proyecto ‘De Vuelta a Casa’, clasificar 350 kilogramos de conchas podría tomarle a un experto hasta seis meses de trabajo a tiempo completo.
Las conchas extraídas suelen estar contaminadas con microorganismos patógenos, cremas solares u otros químicos luego de ser manipuladas por los turistas. Si se devuelven sin un proceso estricto de limpieza y desinfección, podrían causar estragos en el ecosistema.

Con incautaciones anuales de entre cinco y seis toneladas, las autoridades no contaban con la logística ni el personal para gestionar la devolución segura de tal cantidad de material. Por esta razón, en 2017 se formuló un protocolo amparado en el Reglamento a la Ley de Conservación de Vida Silvestre, el cual autorizó al Sistema Nacional de Áreas de Conservación (SINAC) a acopiar el material para luego triturarlo y enterrarlo.
Sin embargo, esto cambió en 2024 con la llegada de la IA, la cual garantiza una clasificación rápida y certera, con más del 93 % de precisión, según el equipo científico de ‘De Vuelta a Casa’. Esto ha permitido el retorno seguro de más de 1.2 toneladas de conchas en dos años de trabajo.
IA para la conservación
‘De Vuelta a Casa’ nació de una alianza público-privada entre sectores muy diversos. Allí participan FIFCO/Heineken, la UCR, el SINAC y los gestores aeroportuarios AERIS Holding Costa Rica y Guanacaste Aeropuerto.
El desarrollo del modelo de inteligencia artificial y la aplicación fueron liderados por Joystick Data Team, empresa que pertenece a FIFCO/Heineken. Los científicos de datos a cargo del proyecto fueron Alexander Valverde, Luis Solano, André Montoya y Nancy Rodríguez.
El modelo, denominado BackHome19K, utiliza una estructura de bloques de convolución avanzada basada en ConvNeXt (arquitectura de red neuronal convolucional), que permite maximizar la eficiencia y el rendimiento en el procesamiento de imágenes. De esta manera, la aplicación facilita el análisis de fotografías en tiempo real.

En otras palabras, los bloques de convolución son las piezas de software que permiten que la IA “aprenda” a reconocer los patrones visuales únicos de cada especie de concha de Costa Rica, para así identificar si una de ellas proviene del Pacífico o del Caribe.
El entrenamiento del modelo tomó dos años. Lo primero fue alimentarlo con 18 500 fotografías de conchas marinas correspondientes a 525 especies (247 del Pacífico y 278 del Caribe). Esto se logró gracias a las colecciones biológicas con que cuenta el país, específicamente las resguardadas en el Museo de Zoología de la UCR desde 1966.
“Sin la existencia de estas colecciones no habría sido posible construir la base de datos necesaria para alimentar la IA del proyecto”, menciona Camacho. “Las colecciones biológicas no solo sirven para la taxonomía marina. Son fundamentales para solventar problemas presentes y futuros en áreas como la conservación, el manejo de recursos, la agricultura y la salud pública”, agrega.
Una vez definida la diversidad de conchas —y para asegurar que la aplicación reconociera una pieza sin importar cómo la sostuviera la persona al momento de tomar la fotografía—, se capturaron entre 30 y 40 imágenes por cada especie. Era requisito indispensable contar con al menos cuatro ángulos de cada ejemplar para así alimentar el modelo.

Cuando se toma una fotografía a través de la aplicación, la herramienta analiza píxel por píxel cuatro variables: color, forma, textura y tamaño. El sistema incluye un filtro que preselecciona las imágenes cargadas para rechazar objetos que no son conchas, por ejemplo basura o piedras. De esta manera se aumenta la robustez del proceso.
El análisis toma tres segundos por imagen. “Incluso durante las jornadas de voluntariado el modelo continuó siendo optimizado. Si se detectaba un error recurrente en una especie específica, el científico de datos cargaba nuevas imágenes y corregía el algoritmo para que estuviera listo para el día siguiente”, comenta Murillo.
Según dice, aunque una concha esté partida y haya perdido su forma original, la persistencia de sus patrones de textura y color permite al modelo determinar si proviene del Pacífico o del Caribe. «En situaciones donde el fragmento es demasiado pequeño o ambiguo, y el nivel de confianza que muestra la aplicación es bajo (inferior al 85 %), el protocolo indica que la pieza debe ser apartada para clasificación manual por parte de los expertos de la UCR», explica.
El éxito de ‘De Vuelta a Casa’ ha sido tal que FIFCO/Heineken liberó el código fuente de la aplicación bajo una licencia de código abierto (open source) para que otros países puedan replicar el modelo en sus costas. “La intención principal es que Costa Rica sirva como ejemplo internacional. Al liberar el código, otros países pueden tomar la base del modelo y reentrenarlo con sus propias especies locales, ahorrándose una parte importante del trabajo técnico”, dice Murillo.
Según cálculos preliminares realizados por FIFCO/Heineken, esta tecnología podría ayudar a más de 100 000 playas en el mundo, especialmente en aquellos países que cuentan con doble salida al mar.

Eso sí, Murillo hace hincapié en que su uso debe ir siempre de la mano de expertos en biología para asegurar que el manejo del material respete las dinámicas naturales. También coincide con Camacho en que los países deben contar con colecciones biológicas, ya que estas constituyen la base de datos necesaria para el entrenamiento del sistema. En otras palabras, la ciencia es un paso que no puede saltarse.
La aplicación solo está disponible para entidades gubernamentales, comunidades científicas y organizaciones ambientales. Se decidió no liberarla a todo público por razones de seguridad ambiental, ya que la identificación es apenas el primer paso y las conchas requieren un proceso de lavado y desinfección supervisado para evitar la introducción de patógenos en el mar. Además, la reintroducción debe ser realizada por expertos en zonas específicas para no alterar el ecosistema.
De regreso a casa
Ya con la herramienta entrenada, el siguiente paso era clasificar las conchas. Para ello se reclutó a 405 voluntarios, quienes donaron su tiempo en alguna de las 16 jornadas de 2024 y 2025. Trabajaron desde las 9 AM hasta las 4 PM. Incluso, la ayuda colaborativa se dio desde el momento del diseño de la herramienta: más de 200 personas colaboraron en la captura de las 18 500 imágenes necesarias para entrenar al modelo.
“Muchos voluntarios tenían tantas ganas de ayudar que llamaban preguntando si podían llevar sus propias colecciones de conchas que tenían en sus casas para clasificarlas y devolverlas al mar”, comenta Mayte Aguirre, coordinadora de voluntariado de FIFCO/Heineken.
Gracias a este esfuerzo se lograron clasificar más de 157 000 conchas de distintos tamaños, cuyo peso equivale a 1.2 toneladas.

Para María Pía Robles, exdirectora de relaciones corporativas de FIFCO/Heineken, los voluntarios permitieron procesar un volumen de conchas que, de otra forma, habría tomado años de trabajo manual para un equipo pequeño de científicos. “Esta es una forma tangible de ejercer una ciudadanía consciente y crear bienestar donde más se necesita, permitiendo a los colaboradores vivir la solidaridad de primera mano”, destaca.
Durante estas sesiones, los voluntarios recibieron capacitación, descargaron la aplicación y siguieron un protocolo estricto supervisado por los expertos de la UCR.
Valery Villalobos, voluntaria en dos ocasiones, explicó que la bodega donde se realizaban las jornadas se dividió en cuatro estaciones de trabajo. En la estación de lavado, la primera tarea consistía en retirar materiales no aptos como piedras, basura, plásticos o vidrios que los turistas recogen por error. Después, el material pasaba a la “lavadora de conchas”, estructura creada para el proyecto, que consistía en una tómbola con jabón biodegradable para eliminar microorganismos patógenos y restos de químicos.
La segunda estación era la de secado: las conchas se extendían en mantas al sol y mientras tanto los voluntarios recibían la charla y aprendían a usar la aplicación.
La tercera estación se ejecutaba en las mesas de trabajo, donde cada voluntario tenía un grupo de conchas para clasificar. Utilizando sus propios teléfonos celulares, los voluntarios fotografiaron cada pieza y, si al analizar la imagen, la aplicación mostraba un grado de confianza bajo (inferior al 85 %) entonces la concha se separaba para ser clasificada manualmente por los especialistas.
La cuarta estación era la de trituración. Las conchas ya deterioradas se reducían a piezas aún más pequeñas. “Fue particularmente agotador”, confiesa Villalobos.
“Este programa de voluntariado es muy diferente a otros que realizamos (como reforestación o limpieza de playas) debido a su componente técnico y científico”, comenta Mayte Aguirre. Para la coordinadora de voluntariado de FIFCO/Heineken, la presencia de los biólogos de la UCR fue crucial. “No solo daban charlas educativas, sino que asesoraban a los voluntarios, enseñándoles a distinguir manualmente colores y texturas”, agrega.

El traslado del material hacia las playas fue otro de los retos del proyecto, pero se aprovechó la red logística de rutas y camiones de FIFCO/Heineken para trasladar las conchas a las costas.
Las devoluciones se hicieron de dos maneras: conchas completas y conchas trituradas. Las completas, que sirven de refugio a algunos animales, se depositaron en sitios donde las corrientes marinas no las arrastraran de vuelta a la costa y así romper el ciclo de recolección por parte de los turistas. Las conchas trituradas, por su parte, fueron arrojadas al mar para facilitar la absorción de calcio.
A la fecha se han devuelto 1.1 toneladas de conchas al Pacífico y 100 kilogramos al Caribe, en las playas Conchal y Cocles. La próxima jornada de voluntariado, la primera de 2026, se realizará en junio.
Un impacto que trasciende
La primera medición del impacto del proyecto provino de los mismos voluntarios. Villalobos asegura que antes de participar ignoraba por completo el daño ecológico de extraer conchas. Solía recoger piezas pequeñas como recuerdos, incluso animando a otros a hacerlo. Luego del proyecto, dice que se ha convertido en una “policía de las conchas” que educa a los turistas cuando va a la playa.
“Entre los voluntarios había un sentimiento compartido de no haber dimensionado antes el problema, ya que casi todos tenemos historias sobre familiares con conchas en sus salas o baños”, comenta Villalobos.
Murillo concuerda en que el impacto se mide en concientización. “Al final de cuentas estás cambiando una forma de entender los ecosistemas que nos heredaron a nosotros. Ecosistemas que se suponían eran inagotables, imperturbables. Ahora lo que estamos diciendo es: el ecosistema es inagotable e imperturbable en la medida en que nosotros hagamos que eso sea así”.

‘De Vuelta a Casa ha sido ejemplo internacional’. En 2025 Costa Rica lo presentó durante la Conferencia de las Naciones Unidas sobre los Océanos (UNOC3) realizada en Francia y también fue aceptado como caso de estudio científico en la International Conference on Computer Vision (ICCV 2025) en Hawái, Estados Unidos.
Para María Pía Robles, el proyecto coloca al país como un líder mundial en innovación tecnológica para la conservación marina. “Este proyecto permite democratizar el acceso a la tecnología, ofreciendo al mundo una solución innovadora, escalable y basada en la ciencia para la restauración y conservación de los océanos”.
¿Qué se espera a futuro? La bióloga Yolanda Camacho plantea que el proyecto debe trascender la campaña actual para convertirse en un programa de manejo estructural y de largo plazo liderado por las autoridades nacionales. Considera que lo hecho hasta ahora es sólo “la punta del iceberg” de una problemática mucho más profunda.
La experta sugiere una regulación más estricta sobre la venta comercial de conchas en tiendas locales, ya que muchos turistas compran estos materiales “de buena fe” y luego son incautados en el aeropuerto porque la ley prohíbe su extracción del país, independientemente de si fueron comprados o recolectados.

El otro reto yace, según Camacho, en abordar la extracción realizada por residentes y turistas nacionales, la cual estima es tres o cuatro veces mayor que la realizada por los extranjeros que transitan por los aeropuertos. Además, recalca que se debe empezar a vigilar el tráfico de vida silvestre en las fronteras terrestres, donde actualmente no hay registros claros.
Ciertamente hay mucho por hacer y la bióloga reitera su compromiso en seguir colaborando como especialista técnica en la validación científica de las futuras clasificaciones de conchas y en la mejora continua de la herramienta de IA, pero deja claro que “la IA no reemplaza el conocimiento y el trabajo de campo de años de un científico, pues su precisión depende completamente de la calidad de datos con los que se entrena el algoritmo”.
- Este reportaje fue publicado originalmente en el portal Mongabay Latam

