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Los bosques del Araza bajo asedio

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En los bosques del Araza, en el distrito de Camanti, provincia de Quispicanchi, Cusco, la amenaza de una invasión de mineros ilegales y traficantes de tierras aún no se siente con toda su fuerza. Vista desde lejos, esa presencia parece silenciosa. Pero no lo es. Ya hay retroexcavadoras que abren trochas en la montaña y campamentos ilegales de toldos azules a orillas del río Araza. El bosque tampoco está libre de taladores ni de la ocupación del río para lavar oro usando mercurio.

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Imágenes satelitales, según Ronald Catpo Velásquez, director de Conservación de Conservación Amazónica (ACCA), confirman que en pocos años los mineros ilegales avanzan siguiendo el curso de los ríos hasta alcanzar los bosques. En esos registros aparecen campamentos y maquinaria pesada dejando cicatrices en medio de la cobertura vegetal. Para Catpo, esas marcas son la evidencia de un peligro casi inminente si no se actúa de inmediato.

Catpo Gutiérrez sabe cómo terminó esa historia en lugares vecinos a Camanti. En Huaypetue y La Pampa, en Madre de Dios, empezó con la deforestación. Luego aparecieron los campamentos y la maquinaria abriendo surcos en el paisaje hasta convertir esos territorios en depósitos de barro y sedimentos. Después el agua se enturbió, los peces desaparecieron y empezó a correr riesgo la vida de mamíferos y aves. Los bosques del Araza podrían correr esa misma suerte.

Un bosque que respira

Por suerte todavía no es así. Si uno camina al amanecer por el Araza —cuenta Catpo Gutiérrez— lo primero que escucha es una lluvia continua. Es una precipitación persistente de gotas que caen desde las hojas.

Ese sonido deja escuchar una naturaleza viva y fuerte. Se ven aves cruzando el cielo bajo y una vegetación exuberante que se mueve con el viento. A lo lejos aparecen montañas cubiertas de bosque y niebla, una detrás de otra, y se oye el caudal del río Araza regando cientos de comunidades.

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En una de esas salidas de campo, al levantar la vista hacia las cumbres cubiertas de nubes y cascadas, Catpo entendió que estaba frente a un gran almacén de agua. Un sistema natural que capta, filtra y libera el recurso hídrico que baja primero en forma de riachuelo y luego se convierte en río. Entonces pensó que, si no se hacía nada, estos bosques podían ser devastados por la minería ilegal.

Dicen que en estos lugares el oro ya brillaba en tiempos del Inca, pero entonces se extraía con herramientas simples, sin mercurio ni máquinas que multiplicaran la escala de la explotación. Era una relación menos voraz con el suelo y el bosque. Todo cambió en la primera década del siglo XXI, cuando la fiebre del oro encendió la ambición y la minería dejó de ser artesanal para volverse indiscriminada.

Entonces el mercurio empezó a correr por los bosques de la Amazonía, los ríos fueron intervenidos y la tierra empezó a contaminarse en muchas áreas cercanas a los cursos de agua. Hoy, desde el aire, una imagen capturada por dron revela lo que a ras del suelo a veces no se ve. En un tributario del Nusiniscato el agua ya no es transparente como antes.

Zonas con minería ilegal detectados en 2025 mediante el uso de satélites.

La riqueza viva de los bosques

En estos bosques la orografía andina y los árboles capturan las nubes y las devuelven convertidas en agua. Cada hoja funciona como una esponja natural que retiene humedad y la deposita en una especie de bóveda ecológica formada por más de quinientas especies de plantas.

Estas especies almacenan carbono, enfrían el viento y retienen la lluvia. Entre ellas destacan el cedro y la caoba, aunque hoy son víctimas de la tala ilegal y del comercio clandestino de madera.

En los claros húmedos, las orquídeas se aferran a los troncos y conviven con hongos invisibles que tejen bajo el suelo una red de nutrientes.

Cada pétalo depende de una raíz.
Cada raíz depende de un hongo.
Cada hongo depende de la sombra fresca que el bosque concede.

Cuando llega el día, la fauna aparece. El cóndor andino une la montaña con la selva. Más abajo, entre bromelias y lianas, el oso de anteojos come frutos y siembra el bosque sin saberlo. En la espesura el jaguar avanza con sigilo, regulando la cadena trófica e imponiendo equilibrio. En lo alto de las copas, el mono maquisapa se balancea sin tocar el suelo, dispersando semillas que mañana serán árboles.

Al caer la tarde los murciélagos salen de sus cuevas, los anfibios toman las quebradas y los insectos (escarabajos y mariposas) sostienen la polinización y la fertilidad del suelo. Incluso los reptiles cumplen su papel en esta trama compleja de la vida del bosque.

Entre la vegetación, recuerda Catpo Gutiérrez, pueden verse monos choros de brazos robustos y pelaje oscuro moviéndose de rama en rama, sacudiendo el follaje como si defendieran su territorio.

Por ahora los Bosques del Araza permanecen como un territorio apenas explorado, donde su geografía abrupta y verde protege una masiva biodiversidad. Hasta hoy se han registrado más de 60 especies de mamíferos, 135 de aves, 41 de peces, 32 de anfibios, 11 de reptiles, 117 de insectos y 4 de arácnidos. Además 635 especies de árboles y plantas nativas. Un mundo que podría perderse antes de ser conocido.

Los picaflores y otras aves dependen de la conservación de los bosques del Araza (ACCA).

Lo que está en juego

Los Bosques del Araza forman parte de los ecosistemas de montaña del sur del Perú y son similares a otros bosques del Cusco, Madre de Dios y Puno donde la presión extractiva es mucho mayor. Por eso, sostiene Catpo Gutiérrez, estos bosques se han convertido en un refugio natural de flora y fauna silvestre.

La propuesta del Área de Conservación Regional Bosques del Araza abarca más de 56 mil hectáreas de bosques montanos y pajonales altoandinos. Los estudios aún son escasos, sobre todo en las cabeceras, pero lo que ya se ha registrado revela alta biodiversidad y un ecosistema todavía sano. Incluso podría haber altos niveles de endemismo, es decir especies únicas poco estudiadas o todavía desconocidas.

Además, el río Araza está entre las diez cuencas más importantes del Cusco. Sin el bosque el microclima de la zona cambiaría de forma drástica. Quincemil, capital de Camanti, y sus alrededores dependen de esa cobertura vegetal que atrapa nubes y regula el régimen de lluvias.

A los bosques se les llama “fábrica de agua”. Catpo Gutiérrez aclara que no producen agua, pero sí la capturan del ambiente y la filtran. Funcionan como un nevado. Así como el hielo almacena y libera agua gradualmente, el bosque intercepta la humedad, la infiltra en el suelo y la entrega en forma de arroyos y riachuelos que alimentan ríos mayores. Camanti depende del Araza.

El río abastece actividades agrícolas, provee agua potable y sostiene la pesca, principal fuente de proteína para muchas familias. También mantiene el microclima que permite cultivos de alto valor.

El cacao de Camanti es reconocido incluso en el extranjero. Para mantener su calidad necesita condiciones estables de temperatura y humedad. Un cambio de apenas algunas décimas podría afectar su rendimiento y su sabor.

La producción de cacao es una de las principales actividades agrícolas en comunidades de Camanti (ACCA).

Desinformación

La propuesta de crear el Área de Conservación Regional Bosques del Araza genera expectativas y temores. Muchos agricultores quieren saber si afectará su vida cotidiana.

Cuando se les explica que el ACR no implica expropiaciones ni prohibiciones para sus actividades de autoconsumo, la mayoría muestra conformidad. También preguntan qué beneficios concretos traerá. Pero también circulan mitos. Que el Estado quitará tierras. Que será una zona donde no se podrá hacer nada. Inclusive hay autoridades que no contribuyen a su conformación.

Catpo Gutiérrez insiste en que la normativa para crear un ACR respeta derechos y considera los aspectos sociales. “A un agricultor que teme perder su parcela le diría que nadie puede quitarle lo que es suyo”, señala.

La oposición, explica, proviene en buena medida de quienes tienen intereses en actividades ilícitas, como minería o tala sin permisos. Estos sectores siembran miedo y desalientan la participación en las reuniones informativas.

Mientras tanto las migraciones no planificadas, la expansión agrícola y la presencia de economías ilegales aumentan la presión sobre el territorio. Si no se interviene ahora el Araza podría convertirse en otro foco de minería descontrolada.

Para Catpo Gutiérrez, declarar el ACR es apenas el primer paso. Significa diseñar un Plan Maestro, asegurar una gestión efectiva e involucrar a la población en la protección del bosque. También implica promover actividades compatibles con el ecosistema. Sembrar café, cacao o frutales junto a árboles nativos. Reforestar áreas degradadas. Aprovechar madera con permisos y manejo sostenible. Cuidar las fuentes de agua. Impulsar turismo comunitario. Es conservar, no prohibir. Es ordenar el territorio y garantizar que los recursos duren para siempre.

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