Escribe: Elizabeth Salazar – Mongabay Latam
“A mi hijita Bayolet le hicieron unos exámenes cuando tenía cinco años. Ya se había desmayado dos veces en el colegio y no sabíamos por qué… Ahí le encontraron mercurio”, narra Gladys Ordoñez, madre de la comunidad indígena de Shintuya, a orillas del río Madre de Dios. Las mujeres de este territorio aún recuerdan al grupo de “forasteros” que llegó, hace una década, para tomarles muestras de sangre y cabello. Semanas después regresaron con una advertencia: los peces que consumían podían estar contaminados.
“Nosotros dijimos que no, que eso no podía ser”, recuerda María Santos, otra madre de la comunidad. “Acá no sacamos oro. Acá no hay minería”. Pero el origen no estaba en el pueblo. Aguas arriba, la minería ilegal de oro vertía mercurio en los ríos de Madre de Dios, luego los peces entraban en contacto con el metal pesado y estos descendían con la corriente hasta terminar en los platos de decenas de familias.
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Shintuya es uno de los diez territorios indígenas —de las etnias Harakbut, Yine y Matsigenka— asentados alrededor de la Reserva Comunal Amarakaeri. Esta área protegida, repartida entre Madre de Dios y Cusco, no solo se ubica en una de las zonas más biodiversas del país, sino también en uno de los focos más críticos de contaminación por mercurio debido a la expansión aurífera. Solo entre 2021 y 2023, la minería arrasó 1800 hectáreas en tres comunidades que rodean la reserva.

Bayolet tenía cinco años cuando fue diagnosticada con mercurio en la sangre. Solía desmayarse en clases. Foto: Max Cabello
Niños con mercurio
Algunas madres de Shintuya preguntan cuándo volverán a hacerles más análisis de sangre. Otras quieren saber qué medicina tomar para “limpiarse” el metal. Las mujeres culpan a la pandemia. Dicen que la crisis los obligó a recurrir a la minería.
“Yo ayudo a mi pareja en la mina. Algunos meses al año vamos a las zonas de Quincemil y Delta. Entramos al río, extraemos, lavamos, pero también quemamos mercurio. Eso no sé cómo nos afecta… Me han dicho que es malo”, dice Iris Yante, madre de tres niños expuestos a la contaminación.
Entre el 2015 y 2016, investigadores tomaron muestras de cabello a 164 niños y niñas de 14 pueblos urbanos y no urbanos que rodean la Reserva Comunal Amarakaeri. El resultado: un tercio de los niños evaluados (32.9 %) presentaba niveles de mercurio en el cabello superiores al límite establecido por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Los pequeños afectados mostraban déficit en su capacidad cognitiva, reducción en su estado físico en general y problemas en la respuesta motora visual.
Los datos también mostraron que los menores de edad que viven en las comunidades indígenas presentan mayores índices de toxicidad que sus vecinos de los centros poblados o urbanos.
Fueron 16 artículos académicos los publicados entre el 2011 y el 2024 sobre el impacto de los metales pesados en esta región amazónica. Desde Estados Unidos, el investigador William Pan reflexiona: “Creo que el hallazgo más importante es que algunas comunidades tienen una exposición tan alta al mercurio que niños y adultos experimentan déficits cognitivos significativos, lo que puede generar desventajas a largo plazo. Muchas de estas poblaciones con alta exposición no participan en la minería y no se benefician de sus actividades. Esta es la peor forma de injusticia ambiental”.
Mercurio y plomo en gestantes
K. tiene 17 años y acaba de ser madre. Su bebé duerme en una hamaca, dentro de un ambiente que funciona como dormitorio, cocina y sala. Piso de tierra, paredes de plástico. La Universidad de Duke obtuvo muestras de 198 parejas de madres y recién nacidos en su localidad, Santa Rita, y otras aledañas como Santa Rosa, Laberinto, Alto Libertad y Primavera Baja.
Los resultados del estudio (2023) muestran que alrededor del 29 % de las madres evaluadas superó los niveles de mercurio en sangre establecidos por el Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos.
Otro de los hallazgos contundentes estuvo vinculado al plomo. Incluso en niveles considerados bajos, la exposición prenatal a este metal se asoció con embarazos más cortos y bebés con menor peso al nacer.
Beth Feingold, profesora de la Universidad de Albany e investigadora del proyecto, explica que proporcionaron un resumen y un plan de seguimiento a la Diresa de Madre de Dios. En los centros de salud, las obstetras atienden frecuentes casos de anemia y complicaciones por falta de controles prenatales. Según explican, los chequeos permitirían detectar a tiempo señales de exposición a plomo o mercurio, pero es casi imposible porque las familias migran con los campamentos mineros.
Pese a dos décadas de investigaciones científicas que han documentado de forma consistente el impacto de los metales pesados en la región, los pueblos que bordean el río Madre de Dios siguen dependiendo de aguas contaminadas por un metal invisible que se aloja en sus cuerpos con cada plato de pescado que llevan a la mesa.

Desidia desde el Estado
En Perú, la resolución 1026-2020 del MINSA establece protocolos para la atención de personas expuestas a metales pesados, pero no hay centros médicos exclusivos. Los afectados deben ser derivados a hospitales de mayor complejidad (nivel II y III), pero estos representan apenas el 3 % de todos los establecimientos de salud.
El problema también se refleja en el presupuesto. El plan de intervención integral se financia “con cargo al presupuesto institucional disponible”. Para 2026, el Ministerio de Salud asignó 433 955 soles al tamizaje y tratamiento de personas expuestas a metales pesados, pese a que el propio Estado estima que son más de 10 millones las personas afectadas.
La situación contrasta con los compromisos asumidos por el Perú al ratificar el Convenio de Minamata sobre el Mercurio en 2015.
- Versión condensada del reportaje publicado por Elizabeth Salazar en Mongabay Latam. Pueden acceder al reportaje completo en este enlace.


