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Vivir en un pueblo es más saludable, y tiene que ver con la alimentación

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Según un estudio publicado recientemente por científicos de la Universidad de Columbia, las personas que viven en lugares con una mayor concentración de restaurantes de comida rápida tienen una mayor probabilidad de padecer un ictus después de los 50 años.

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Estos puntos en los que hay más establecimientos de este tipo se conocen coloquialmente como pantanos de alimentos. Lógicamente, se encuentran en las grandes ciudades, lejos de los pueblos pequeños. Pero entonces, ¿son tan diferentes los hábitos alimenticios de las personas que viven en uno y otro sitio?

Para Maggie (nombre ficticio), de 59 años, y Eva, de 43, la situación es muy diferente a la de Ana D., Roberto, Enrique, Ana o Juanjo. Maggie y Eva viven en pueblos pequeños. La primera en una localidad de Toledo de 149 habitantes y la segunda en una de la comunidad de Madrid donde, restando los habitantes de una urbanización cercana, no viven más de 700 personas. Ana D., de 31 años, también sabe lo que es vivir en un pueblo (algo más grande, eso sí), pero hoy en día vive en Madrid capital, con sus más de 3 millones de habitantes.

En cuanto a Roberto, de 42 años, y Enrique, de 40, no viven en grandes urbes, pero sí en ciudades con un tamaño considerable, ambas de más de 200.000 habitantes. Una en Madrid y otra en Asturias. Finalmente, Ana, a sus 55 años, vive en una ciudad madrileña de 55.000 habitantes y Juanjo en una ciudad de algo menos de 20.000 habitantes, en la provincia de Barcelona.

Hay una gran diferencia entre los pueblos pequeños, las grandes ciudades y las localidades medianas o algo más grandes. Desde la cantidad de restaurantes de comida rápida hasta los hábitos a la hora de comprar y consumir alimentos. Eso, lógicamente, puede verse reflejado en su salud. Aunque también son conscientes de lo que eso supone y optan por poner los límites necesarios.

El restaurante de comida rápida más cercano
A veces, quedamos con amigos. Nos apetece ir a un restaurante, pero no esperar a que nos traigan platos elaborados o simplemente gastar demasiado dinero. Por eso, terminamos recurriendo a la comida rápida. Incluso puede que ni siquiera sea para una quedada con amigos. Pasamos por delante, el olor de la comida chatarra invade nuestras fosas nasales y necesitamos urgentemente llevarnos algo de comer a casa. Después de un duro día de trabajo, nos lo merecemos.

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Todos hemos caído en eso alguna vez, pero no es igual de sencillo para todo el mundo. En los pueblos pequeños es todo un reto. Maggie, por ejemplo, nos cuenta que el restaurante de este tipo más cercano a su casa se encuentra a 18 kilómetros. Pasar por allí por casualidad no sería nada habitual. Como tampoco lo es para Eva, que tendría que ir aún más lejos, a 25 kilómetros de distancia.

En las grandes ciudades es muy distinto. Ana D., por ejemplo, nos cuenta que tiene el local de este tipo más cercano a 500 metros, y eso porque ella vive en una zona en la que hay poca concentración. Juanjo, en cambio, aun viviendo en una ciudad pequeña, tiene un kebab a 180 metros de casa. Y Ana solo tiene que desplazarse 300 metros. En cuanto a Roberto y Enrique, tampoco llegan al kilómetro. El primero tiene un restaurante de comida basura a 500 metros y el segundo a 800 metros.

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La concentración también importa
Pero también es cierto que en la variedad está el gusto. Puede que tengamos un kebab debajo de casa, pero no nos guste esa comida. O que haya una pizzería, pero seamos celíacos. Por eso, la cercanía no es el único factor que influye en los pantanos de alimentos. También lo es la concentración de establecimientos de este tipo.

En los pueblos pequeños está claro que esa concentración es baja. Maggie nos cuenta que solo hay unos pocos, repartidos por los pueblos cercanos. Eva tampoco tiene una gran concentración cerca. Sin embargo, aunque vive en un pueblo pequeño, trabaja en una gran ciudad y tiene muy clara la diferencia. “Creo que en las grandes ciudades hemos llegado a un punto en que entre unas franquicias y otras no puedes andar 2 pasos sin encontrarte con algún restaurante de comida rápida”, explica. “Cuando sales de los núcleos urbanos es prácticamente imposible encontrar ninguno”.

Roberto y Enrique, sin embargo, a pesar de vivir en poblaciones con una cantidad de habitantes similar, perciben de un modo distinto el reparto de este tipo de restaurantes. El primero nos cuenta que están todos concentrados en una misma zona, mientras que el segundo los percibe más repartidos por la ciudad. En pueblos medianos, como los de Ana y Juanjo, hay una mayor concentración en las zonas comerciales, aunque ella señala que hay también algunos repartidos por el resto de la ciudad.

¿Afecta a los hábitos alimenticios el lugar en el que vives?
Lógicamente, la cercanía o lejanía influye en que las personas se decanten más o menos por este tipo de lugares para comer. Maggie, por ejemplo, señala que muy rara vez acude a restaurantes de comida rápida. En cambio, sí le gusta ir a otro tipo de restaurantes tradicionales más a menudo. Con respecto a Eva, quien también vive en un pueblo pequeño, pero trabaja en una gran ciudad, va a establecimientos de fast food unas cuatro o cinco veces al año, pero a otro tipo de restaurantes unas cuatro o cinco veces al mes.

En las ciudades grandes el abanico es mucho más amplio en este sentido y además el estilo de vida, mucho menos pausado, lleva a sus habitantes a recurrir más a menudo a estos establecimientos. Es el caso de Ana D., quien evita la comida basura, y va como mucho una vez cada dos semanas, pero sí reconoce que va a otro tipo de restaurantes semanalmente.

Enrique y Roberto tienen más oportunidades, pero las controlan. El primero señala ir una vez al mes tanto a restaurantes de comida rápida como de otro tipo, mientras que el segundo apenas va presencialmente a lugares de comida basura y, a otro, aproximadamente una vez cada trimestre.

En cuanto a Ana y Juanjo, ella reconoce que no le gusta ese tipo de comida, pero que accede cuando va en grupos de gente más grandes. “Solo voy cuando salgo con algún grupo de gente que propone ese tipo de comida o cuando dejo elegir a mi sobrina de 17 años dónde quiere que la llevemos a cenar”. La opción está ahí, relativamente accesible, por lo que, aunque no le gusta, está disponible. “Mi chico también va de vez en cuando al búrguer, pero ni me pregunta si quiero ir porque sabe la respuesta”.

Juanjo, en cambio, va cada varios meses, tanto a un tipo de restaurante como al otro.

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¿Cómo impacta la comida a domicilio en la salud?
Hemos visto que en algunos de nuestros testimonios reconocen no ir a los locales de comida rápida “presencialmente”. Ello es debido a que, otro de los problemas de los pantanos de comida, es que ese tipo de alimentos menos saludables están más accesibles para que nos los lleven a casa a golpe de teléfono. Es cierto que hay opciones saludables a domicilio, pero no es lo más habitual recurrir a ellas.

De nuevo, en los pueblos pequeños estas opciones son mucho menos accesibles. Maggie nunca come a domicilio y tampoco Eva. De hecho, ella reconoce hacerlo por principios. “A veces sí que me traigo la comida a casa, pero nunca pido que me la traigan, es algo que decidí dejar de hacer hace años”.

La situación cambia a medida que aumenta el número de habitantes. Por eso, Ana D., reconoce que pide a domicilio de 2 a 3 veces por semana. Eso sí, al contrario que cuando vivía en el pueblo, tiene muchas más opciones diferentes e intenta pedir opciones más sanas.

Por otro lado, Roberto pide a domicilio aproximadamente una vez al mes y Enrique prácticamente nunca. Ana tampoco acostumbra hacerlo, aunque sí reconoce comprar sándwiches en una cadena de comida rápida cuando va gente a comer a casa. En cuanto a Juanjo, también pide aproximadamente una vez al mes.

Pocos restaurantes específicos
Algo digno de mencionar es el caso de los restaurantes veganos y vegetarianos. Ninguna de las personas con las que hemos hablado para este artículo tiene este tipo de alimentación, aunque algunos, como Ana y Ana D. reconocen la primera que come poca carne y la segunda que, aun sin ser vegetariana, le gusta probar restaurantes de este tipo. No obstante, señala que puede hacer eso ahora que vive en una gran ciudad. Cuando vivía en un pueblo, eso era impensable.

Por lo tanto, esa sí es una contraparte de los pueblos pequeños. La oferta de comida basura es menor, pero también la de opciones de dieta generalmente saludables, como la vegetariana o la vegana.

Las opciones de compra, más allá de la comida basura
Dejando a un lado la comida preparada, las opciones de compra de comida son muy diferentes en pueblos pequeños y ciudades grandes.

Por ejemplo, Maggie compra tanto en supermercados como en establecimientos específicos, como fruterías o pescaderías. Eva recurre a supermercados, pero también a una opción habitual en algunos pueblos pequeños. “En esta zona hay una huerta comunitaria, de la que soy socia, que es donde compro la verdura y los huevos y también hay varios grupos de consumo”. señala. “Yo no formo parte de ninguno por el ritmo y el estilo de vida que llevo, pero consumir mayoritariamente productos locales de los grupos de consumo es una práctica habitual de los vecinos de la zona”.

En las ciudades algo más grandes, todo depende de la disponibilidad y el ritmo de vida. Las del tamaño de Madrid suelen conllevar un ritmo de vida más frenético. Aunque también hay más opciones. Por eso, Ana D. recurre a un modelo mixto. “Compro sobre todo en supermercados, pero la fruta y la carne la compro en comercio pequeño”, señala. “Tengo varios cerca, así que es cómodo y no me da pereza”.

Enrique, por ejemplo, intenta comprar todo lo que puede en tiendas de barrio especializadas, mientras que Roberto acude a grandes supermercados y hace toda la compra ahí. A todos nos gustaría recurrir al comercio local especializado, pero no siempre es posible, y menos con el ritmo de vida de las ciudades.

Aunque también es algo en lo que influye el precio. Nos lo cuenta Juanjo. “La compra grande solemos hacerla en grandes supermercados, pero hay productos que solemos cogerlos en comercio de proximidad, sobre todo fruta y verduras”. “También es cierto que cuando sube mucho el precio solemos cambiar a grandes superficies, ya que los precios suelen ser más asequibles, aunque no sean de la misma calidad”.

Por todo esto, lo más habitual suelen ser opciones mixtas, como a la que recurre también Ana. “Voy a la carnicería, panadería y frutería de barrio. El pescado lo compro en una pescadería que está dentro de un supermercado concreto que me parece de buena calidad. El resto de cosas, las compro en supermercado”.

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La cuestión de los supermercados 24 horas
Los supermercados 24 horas son una opción típica de las ciudades más grandes, a las que se suele recurrir por dos motivos. Bien porque tengamos horarios de trabajo que nos impidan comprar en los horarios habituales, o bien para compras de última hora que, todo sea dicho, a menudo no son de lo más saludables. Ana D., por ejemplo, se mantuvo durante mucho tiempo en el primer caso. “Hace años trabajaba de teleoperadora en turno de tarde/noche y hacía la compra cuando llegaba a casa, a eso de las 02:30h”, recuerda. “En mi barrio actual no existe eso y en el pueblo, menos”.

En cuanto al resto de personas, de pueblos pequeños y ciudades medianas o grandes, todos nos señalan que no tienen cerca este tipo de supermercados, por lo que no tienen la opción de recurrir a ellos.

¿Hay más alimentos frescos en los pueblos pequeños?
Tanto el estilo de vida como la disponibilidad puede hacer que varíe mucho la proporción de ultraprocesados que come una persona. De hecho, ese es uno de los grandes problemas de los pantanos de alimentos de las grandes ciudades. Aun así, y afortunadamente, la población está cada vez más concienciada y algunas personas evitan caer en lo fácil.

Ana D., por ejemplo, nos cuenta que come menos ultraprocesados ahora en Madrid que cuando vivía en el pueblo y que, de hecho, su alimentación ha mejorado mucho. Maggie se encuentra en el caso contrario. Anteriormente vivía en una ciudad mucho más grande y ahora en un pueblo pequeño. Sin embargo, tampoco come ultraprocesados y reconoce que ha mejorado su alimentación. También Eva ha reducido su consumo de ultraprocesados y mejorado su alimentación. Sin embargo, en su caso marca un antes y un después en el momento en el que fue madre, más que en el lugar en el que vive.

En ciudades medianas, Enrique nos cuenta que sí ha aumentado su consumo de ultraprocesados, mientras que Roberto considera que lo ha reducido. Juanjo, por su parte, reconoce que su único vicio es tomar un helado de postre cada noche, pero que su alimentación ha mejorado.

Ana también ha mejorado su alimentación, aunque tampoco considera que el lugar en el que vive sea responsable. “Yo creo que ha mejorado porque me interesa la ciencia y he ido aprendiendo cosas con el tiempo”, explica. “También influye que tengo un trabajo que me permite llegar pronto a casa y que no tengo hijos. Me parece que las familias con niños tienen que hacer un esfuerzo titánico para resistir la omnipresencia de la comida basura”.

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Entonces, ¿es mejor comer en pueblos pequeños?
Los testimonios recogidos para este estudio demuestran que no hay blancos ni negros en esto de la alimentación. Las grandes ciudades generalmente provocan más tentaciones, pues la oferta es mayor. Y los pueblos pequeños suelen ofrecer más productos frescos. No obstante, con voluntad, todo se puede, vivamos donde vivamos. Con cabeza, pero sin culpabilidad.

Esto es posible por una ventaja que tenemos en España y no en Estados Unidos, donde se realizó el estudio antes mencionado. Aquí hay pantanos de alimentos, algunas zonas de Madrid son un buen ejemplo. Pero escasean los desiertos alimentarios. Esto, según ha explicado a El País Manuel Franco, profesor de epidemiología en la Universidad de Alcalá de Henares y en la Johns Hopkins, hace referencia a lugares en los que se concentra la comida basura y apenas es posible encontrar alimentos frescos. Ahí, por mucha voluntad que se ponga, los hábitos alimenticios acaban siendo mucho peores y la posibilidad de desarrollar enfermedades cardiovasculares aumenta.

Gracias a eso, en España tenemos más opciones de cuidarnos. Aun así, las diferencias entre una gran ciudad, como la de Ana D. o un pueblo pequeño, como los de Maggie o Eva, son abismales. Lo ideal para la salud es comer como en los pueblos pequeños. Al menos en lo que a salud por alimentación se refiere. De la contaminación y todo lo demás, ya hablaremos en otro momento.

Escrito por: Azucena Martín

Vivir en un pueblo es más saludable, y tiene que ver con la alimentación

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